Escila y Caribdis
Instintivamente
miro hacia atrás, hacia el puerto que acabo de dejar. Hoy me toca llevar
tinajas de vino a algún rincón del mundo, todavía no sé cual. Por eso nos
embarcamos hoy, solos yo y mi mente, en esta precaria barca de madera y sogas y
fatigas y noches de luna. Amo el mar, pero lo respeto y le temo, no respetar al
mar es de arrogantes, creo yo; hoy particularmente me despierta una
desconfianza inusitada. Acomodo el rumbo y me procuro alguna distracción, que
hoy se llama limpiar los enseres.
Nuevamente vuelvo la cabeza, ahora en la
costa ya no se distingue con claridad edificación alguna, y el bamboleo de la
nave en las olas, al ver tal escena, me crea la sensación, o la certeza, o el
descubrimiento si se quiere, de que me zambullo en una soledad que se va a
continuar por varios días. Agarro un trapo ya mugriento, estiro la mano y la
sumerjo en la inquieta superficie del agua. La sensación del agua en mis manos
demacradas por los años y las ásperas sogas de las diferentes embarcaciones en
que me he encontrado es inquietantemente placentera; es hermosa la suavidad del
líquido de la vida, pero me estremece pensar que debajo de mi mano, mejor
decir, entre mi mano y los varios muchos metros que la separan de la tierra
enlodada del fondo, durante miles o millones o eras completas de años,
diferentes seres han transitado sus vidas, casi en la total oscuridad, saliendo
a la superficie tal vez ocasionalmente, y eso, si con suerte tienen la fortuna
de alguna vez ver el sol. Por eso no retiro la mano del agua, la dejo ahí, en
su hábitat, trazando una estela sobre la piel del agua a medida que el viento,
ahora más inquieto, me desplaza hasta mi destino todavía incierto. Porque entre
repasar los cacharros tristes de mi refugio flotante y disfrutar de la
sensación de paz, de tiempo de mí mismo con el tiempo, prefiero esto segundo. Y
sin embargo, soy totalmente conciente de que esa desconfianza mía hacia el mar
permanece ahí, intacta, enmascarada, disimulada.
Para distender
el tiempo, porque el tiempo es el único amigo de un hombre en mar, me relato a
mí mismo, y a todos esos espectadores imaginados que me acompañan, además del
tiempo, algunas leyendas de marinero. Siempre me fascinó aquella que cuenta
cómo la doncella Escila, por las vicisitudes incomprendidas del amor, valga
decir, por la imperfección del ser humano hecho Dios, se vio convertida en una
horrible y triste criatura marina, de formas indiscernibles para la
inteligencia humana. Esta historia me cautiva porque en ella se evidencia
nuestra naturaleza, y porque es un relato de mi pueblo, que aseguran ocurrió no
muy lejos de nuestro puerto. Recuerdo que hace un tiempo una anciana en el
mercado me comentó que aún Escila permanece en las aguas, rehusando todavía ese
amor al que nunca correspondió y buscando alguien a quien corresponder. Muchos
viejos hombres del mar aseguran haberla vista, o parte de ella, en sus
incontables travesías, pero uno no sabe qué pensar de tales cuentos.
Terminado mi
mudo monólogo, mudo porque mi compañero el tiempo no precisa que se le narre,
luego del relato me distraigo con las obligaciones propias de un hombre solo
que se aventura a la marea. Ya entre cielo y mar hay pinceladas cálidas de
naranjas y amarillos, lo que me anuncia que el frío está al caer; el viento se
ha embravecido algo, por lo que dedico un buen rato a asegurar las amarras de
la vela remendada y a rogarle a los dioses que me protejan en este viaje. A mi
plegaria el mundo responde con una corta y suave ráfaga de un viento frío que
me entumece los pómulos y me cierra los ojos; temo; prolongo el momento de
separar los párpados todo lo que puedo, un minuto, dos, diez, no se cuántos ya.
La noche está
al caer, y el intestino me reclama atención por primera vez en el viaje.
Abandono el punto sobre el que estuve sentado tanto rato ya, para ahora buscar
alguna pieza de pan en la canasta tejida. Mientras degluto la insulsa cena, me recito
aquella vieja epopeya que solía tararear mi madre mientras se encargaba de
nosotros, relato sobre Caribdis, hija del soberano Dios del mar, a quien amaba
y respetaba tanto que, buscando su aprobación, tentó la suerte de los que osan
embaucar al señor de los señores, cambiando tierra por agua, engrandeciendo los
ya enormes confines de la licua comarca de su padre. Como castigo, se la
confinó a las profundidades de los acantilados, y se le impuso la
responsabilidad, o más en concreto la obligación, de devolver sobre sí misma el
agua del estrecho tres veces al día, día tras día hasta que los días se
sucediera trazando el círculo incalculable del que se conforma el tiempo.
Cuando chico pensaba que esta historia tenía el motivo de enseñar a los niños a
no desobedecer; hoy la encuentro como el vestigio de la ousía del amor,
emblemado en el respeto a un padre, que no es más que una de sus ramificadas
expresiones. Porque en el amor hay egoísmo; el egoísmo de querer lo que se
quiere para uno mismo, ahora expandido a otros. Por el momento no me he
atrevido a canturrearle estas estrofas a mi hija; la amo demasiado como para
que me ame a mí de esta manera. Ya
mastico sin desgano los últimos bocados del pan, y me embucho algún trago de vino
de la tinaja más próxima para sugestionarme de que es esta una noche en la
urbanidad.
Casi en la
penumbra, y con varios luceros sobre las cejas, me apresuro tembloroso a
encender el farol, única luz en la ondulante superficie. Me acomodo en un
rincón, me protejo del flemático viento con la manta raída compañera, y lo
contemplo todo: la bóveda salpicada de brillo, las aguas negras y plateadas que
se sacuden trémulas, la soledad infinita del hombre con el tiempo, las líneas
que surcan mis demacradas manos de hombre que ha vivido. Me hago la idea de que
seres imperceptibles se fascinan observando a la lejanía mi embarcación marcada
por el tenue brillo del farol, en silenciosa danza con el traqueteo de las olas,
único objeto sobre la basta superficie. Esbozo una sonrisa, en parte sentida,
pero mayormente forzada. Vuelvo a cerrar los ojos, vuelvo a sumergir las yemas
de una mano en el palpitante mar; ya se deja sentir la escencia de la noche en
el agua, pero aún persiste en parte la temperatura absorbida en el día.
Me despierto
sobresaltado, sin saber si pasaron horas o sólo momentos, intranquilo por mi
descuido de no asegurar las amarras antes de conciliar un sueño en el que
espero soñar con pájaros y olor a tierra mojada por la lluvia de verano.
Refriego mis ojos con la manga, intentando conseguir una real percepción del
lugar en el que me encuentro y el por qué de la situación, y procedo a reforzar
monótonamente los nudos. En el momento mismo en que me paro para ello, una
brisa me aprisiona la tela de las ropas al dorso, me libera los cabellos y me
refresca la cara, devolviéndome la total vigilia. Nervioso, rememoro las
leyendas de la tarde que pasó, maquino torrentes de pensamientos dirigidos
hacia lo profundo del azul intenso, intento imaginar esos cuerpos que, dicen,
son inteligibles por no asemejarse a ningún ser visto, por estar teñidos sus
cuerpos de colores inconmensurablemente puros, por poseer dimensiones impropias
del espacio que habitamos. Y un pasaje, antes pasado tristemente por alto, me
descoloca, me descolora el rostro y parte de las manos, me entierra
inmediatamente en un estado de horror puro, y es que, dicen los marinos, entre
el lecho que habita Escila y los arrecifes submarinos en que aprisionaron a
Escila, dista el arco que traza el flechazo de un hombre joven, distan los
pasos que corre un niño cuando ve volver al padre en la tarde, y quien se aleja
del ser al que teme no puede evitar arrimarse al otro, y quien por arrogancia
hurga la simpatía alguna de las existencias primordiales sucumbe y se
arrepiente y pide horrorizado piedad. Me invade el temor de encontrarme entre
Escila y Caribdis, entre dos peligros, entre la fría noche y la aún cálida superficie,
entre la espada de los hombres y los muros de los santos.
Instintivamente
vuelvo al rincón, me acurruco en la raída y compañera manta, me sujeto las
piernas con los brazos y le rezo a los Dioses y a mi madre. Miro al cielo, a
los astros y a la imponente luna, y espero. Espero. El susurro de las olas me
suspende por momentos, pero el bamboleo, el ir y venir, el plácido mecer de su
ritmo no puede más que calmarme. Y es que todo hombre está en peligro si se
deja acompañar del tiempo y de la soledad.
Josefina Moretta
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