Toda la
sensación es angustiosa. Esos focos de mierda de luz naranja que hacen al papel
tapiz de la cocina como avejentado, el ruido de la cafetera como toda compañía
en un domingo muy domingo, las ventanas cerradísimas, y aunque estuvieran
abiertas ni sol entraría porque me dormí todo por la resaca, quién me manda a
mí a tomar esas porquerías. El ruido de la cafetera, insoportablemente vívido,
constante, métrico, la imagen del marrón negro cayendo, absorto, cayendo,
llenando, negro, insoportable.
La taquicardia que sube, ya conozco como es. La
taquicardia, el café, al unísono, los focos de mierda, la cocina que se cierra,
la ansiedad, la angustia, la taquicardia, la cafetera de mierda, al unísono…
Me sirvo el
café, presuroso y con descuido, necesito irme de ahí ya mismo, ni azúcar, ni
cuchara. De mierda. En la vereda ni un alma, domingo recontra domingo, la luna
ya está baja, el cielo naranja, como los focos, domingo de mierda. No hay
nadie, en la calle, en la casa, solamente la cafetera, y ese cielo horrible que
se me ríe, de mi vida horrible, vida naranja. Noto las manos húmedas, tengo
miedo de soltar la taza, tengo miedo. Una taza insulsa, sin guardas, marrón,
como el café marrón negro, pero no tan negro, con aza, marrón, insulsa, una
mierda de taza. Y el latido que hace eco en el fondo de la taza del café ya
frío que queda como borra en el fondo. Y el latido, penetrante, la taquicardia,
al unísono de la cafetera que ya no está, apagada. Y ella me mira, recién veo
que me mira, ¿qué mira? Mi cara, un único desastre, seguramente.
¿Qué mira?
¿Para qué mira? ¿Con qué derecho, con qué permiso? ¿No ves que estoy ocupado
con el café? Ahora no mira, se dio cuenta de que me jode, indisimulable mi cara
de orto, seguro, un único desastre. Va subiendo, desde dentro va subiendo, la
puta madre, va subiendo, y el cielo se me ríe, y ella me mira de nuevo, pero
qué quiere, qué querés, y va trepando imparable y me oprime, y el rítmico de la
cafetera que no está pero su eco, todo una mierda, se me ríe el cielo de foco
naranja que avejenta la ciudad y me hace débil, y la taza, apoyemos la taza en
el escalón porque se resbala, una taza horrible como la cocina que me angustia,
el café frío, sin cuchara. Sube, no para de fluir como un río de asco, y se extiende, como un hormigueo, por la
nuca, lo coloniza todo, invade eso que es mío, y me agita. Y no me mirés más,
por favor te pido, dejá de mirarme ahora porque ya no puedo más de que me mirés
y que él se ría, y todo esto siga creciendo y presione desde adentro para
romper las costillas y el cráneo, y los dientes y los ojos.
Un suspiro,
insoportable. Puedo contar el latido, arrítmico, uno, dos, seis, diez. El pecho
sube y baja, la taza se mueve quieta en el escalón. Y esa brisa que no para y
me pone de los pelos, por qué carajo no para de una vez esto, y vos que seguís
mirando, ANDATE, no ves que viéndome me hacés mal, no, no ves, pendeja de
mierda, yo no me hago cargo.
No sé en qué
momento me paré y entré, y me traje la taza, y la dejé en la mesa, no en la
cocina, naranja avejentada, y con la cafetera de mierda que me devana la mente
con el café que brota para siempre y se llena y lo rebalsa todo y no me deja
ser. No sé de qué manera lo manché todo, de marrón negro, de vidrios, las
paredes naranjas avejentadas, sin cafetera, nunca más el para siempre, ahora en
el piso, derramado, en las paredes naranjas, y en las verdes de la sala donde
ahora estoy, pero no sé cómo. Y el cielo seguro sigue allá, afuera, riéndose, y
la pendeja mirando, seguro que me mira desde afuera, me contempla, se burla. Y
las manos rojas, que me tiemblan, más que antes, como asustadas, pero no yo,
ellas. Y la taza, partida, en la mesa, de ese marrón de mierda, insulsa, sin
guarda, pero es otra, rota, roja chorreante. Y la pendeja, en el piso, rojo
negro, y la luz naranja, me mira fijo pero no ve nada, ya no ve, ya no molesta.
Josefina
Moretta
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