miércoles, 19 de marzo de 2014

SIN TITULO (cuento)

Acá dejo una de las últimas cosas que escribí... es un cuento que no quiere tener título, dedicado en puro y crudo a la amiga y amante que lo personifica íntegro, mujer extraordinaria que tuve la insana suerte de conocer =) 
Espero que alguno lo disfrute aunque sea la mitad de lo que me regocijé cuando lo escribía... 

SIN TITULO

Te amo, y distraída se limpió la sangre seca de la ceja. Desde algún lugar llegó el sonido de una explosión, a la que respondieron con un temblar, acto reflejo. No le dieron la importancia. Desde algún lugar mucho más acá, entre los nuestros, una voz desgarrada, con total pasión, ordenaba la retaguardia y daba órdenes sobre algo; ya le habían dado la importancia, para eso estaban. La estela de polvo permanente, el ruido inhumano, la sangre seca y no, el hambre de muchos tipos, todo habitual; si a muchos les hubieran preguntado antes de que empezara todo si querían esto para llegar a aquello otro, hubieran declinado enseguida; ellos no.

 ¿Vos me amás? La respuesta había sido mil veces pronunciada ya, pero le gustaba ser complacida, jugar con él, y dejarse mimar. Lloraban, ella en su silencio acribillante y casi perfecto, entre tanta maroma, él con la respiración entrecortada y el recuerdo vivo de un amigo apenas muerto. Se permitió sonreír, Te amo, amo estar acá con vos. Se abrazaron fuerte como nunca, para contener cosas tantas. Se arañaron la espalda, se hicieron daño físico, y gustó muchísimo. De los ojos para el mundo, todo es como un filme, sucede y no, ajeno. De los ojos para adentro, mares. Un minuto, tres, no supieron; una ráfaga, un grito, y de nuevo alertas a lo que fuera que estuviera pasando.
Un miedo sin miedo, de resignación, le recorría todo; años muchos luchando para que esto pase, sabiendo siempre que el teatro de operaciones sería así, y sin embargo no estar para ver lo que iba a poder ser. Miedo sin miedo de días apilados uno sobre otro en esa zanja estéril erial vacía de polvo dolor náusea carne vidrio sangre, sólo él, sólo con ella, y con otros cientos que se suceden sucedían indefinidamente hasta no saben dónde, y con ellos. Pero ese miedo no le impidió nunca actuar en consecuencia, hacer lo que había que hacer, discutir lo que había que discutir; y amar, cada vez que se pudo, amar, sobre todo, amar. El de ella era un miedo más concreto, a la muerte, a la nada, al adiós, a que todo aquello terminara sin llegar a ser suficiente, y es que nunca hubiera sido suficiente. Pero su fuerza contagiaba, y no dejaba flaquear a nadie, en la primera línea, la que más arremetía, la que más se disociaba de lo suyo, la que más, la que más…
            Conmovedora una agonía conocida los obligó a trasladarse, más allá entre la multitud de pardo y grafa. Un herido, pardo, de grafa y boina. No era amigo, pero igual dolía.  Y era todos los días. Y a veces dolía mucho más. Lo alzaron con la delicadeza que pudieron sin perder ritmo, no había tiempo entre el espacio, no ahí. Lacerado, sangraba petróleo, sangraba carmín. De ella, una canción de cuna guerrillera improvisada, jamás contada, jamás vuelta a contar. Lo llevaron con alguien más capaz, y lo dejaron ahí, lacerado, petróleo, grafa, carmín, guerrillero. Y a veces dolía mucho más. En otro tiempo hubieran vuelvo de la mano, pero la situación impedía eso y muchas cosas; volvieron como pudieron, rehilando y alertas.
 Hoy no habían comido, se obligaron a masticar un poco de algo. Hoy no se habían bañado, pero eso venía de varios días y ni se percataron. Ella partió el pan, y lo convidó; tenía el apetito ido, y de no ser así, igual lo hubiera compartido. ¿Vos querés también?, él no entendió, estaba absorto en imágenes ajenas, que a su vez veía sin ver. Negó instintivo. Ailén igual le arrimó un trozo, y Esteban lo comió porque sí masticando lento rumiar.
Habían visto juntos dibujar la tiza sobre el verde o sobre el negro, ambos de blanco inocente. Habían conocido el beso en algún naranjo en algún verano cálido que se prestó para todo. Emocionados habían leído sobre el octubre y el mayo y el rojo, y lo habían hecho carne y vida y clavel. Y habían encontrado, itinerario cotidiano, la dicha de la no rutina día con día, ella con él y los dos con el naranjo y la tiza y el clavel rojo carmín.
            En plena noche, con total éxito se filtraron. Algún descuido de alguien, nadie sabía ni qué ni cómo hacer lo que estaban haciendo, podía pasar. Se despertaron antes de que pasara todo, abrazados por el frío y por la necesidad. El techo de chapa no llegaba a cubrirlo todo, y se filtraba la luz de la luna llena o casi. Él había escuchado que cuando todo va a terminar el tiempo se acelera, como queriendo decirle que todo es finito; pero alcanzó, se prolongó lo suficiente como para que se diera lo que se tenía que dar. Lo abrazó basto como era, se dejó envolver también. Amiga, la miró a los ojos, profundísimos, y lo encontró ahí todo. Compañero, le besó la boca abierta por última vez, y fue tan parecido al primero en todo detalle, dulzón naranjo. Amante, la luz desde el techo dejaba ver en el iris gris sus bocas hasta recién impropias. La sinfonía del latir que siguió a la ráfaga cruel empezó a mermar; había otros ruidos, pero no existían ahí, el latir lo sofocaba todo para ella y para él. Aquel que perpetró no tenía rasgos ni rostro, era metálico en la carne piel; un desdichado hasta la médula, enemigo referente de todo odio, extraño. El iris gris fue subiendo hasta esconderse tras su párpado, la boca abierta se hizo grotesca, pero el abrazo se mantuvo inalterado siempre. Se fueron como lo que fueron, amigos, compañeros, amantes, imperfecta pureza hasta el final.

Josefina Moretta

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