Para inaugurar este espacio, lo primero que alguna vez escribí y me haya gustado... automatista de principio a fin, nada pensado, salió de algún rincón retorcido de la mente... seguramente hoy lo escribiría diferente, o no lo escribiría, pero acá está, así es, y lo comparto *
EL Humo
Bueno, me parece que ya puedo arrancar, estamos todos: la vieja Remington con su royo de papel ya amarillento, la de vodka al natural y siempre lista, la cajita del abuelo con esos habanos mentolados que tanto me gustan, y un disco con una versión moderna de un tango de Juan D’Arienzo que no sé como se llama. El problema es sobre qué escribir.
Qué tema tratar que no haya sido tocado ya. O qué vuelta de rosca darle para que parezca novedoso y la gente lo consuma. Porque al fin y al cabo es eso, me limito a producir lo que sé que se va a vender; ni más ni menos. Ya corté con las rayadas filosóficas y con la politiquería barata, que de última, muy de última, es lo que me gustaba, pero de primera, y bien de frente, de algo tengo que vivir. Así que yo le sigo a los cuentos romanticones, de personajes más bien promiscuos, poco logrados pero vigorosos. Y está ahí el problema: cómo carajo hago para que la basura esta tenga gustito a nuevo, a moderno.
Me acomodo en
el sillón mullido –la gomaespuma es ya casi una cuerina de tanto uso-, y me
miro las yemas de ambas manos bien de cerca: esas manos que de pibe empuñaban
la pala, que de joven tocaban el acordeón del abuelo, y que hoy se contentan
con maltratar las teclas de la Remington para componer algo que sé que voy a
odiar y que sé que no me va a reportar más que para seguir tirando un tiempo.
Prendo un
habano para que mi maltratado espíritu no sea lo único viciado en la sala.
Rápida y silenciosamente el humo gris se arremolina formando piernas locas que
zigzaguean al compás de una milonga que no consigo identificar. Me apresuro a
largar más bocanadas, para seguir contemplando el espectáculo. Es hermoso. Poco
a poco la pista de baile se puebla de parejas; ahora no son sólo piernas, sino
ya contornos tímidamente definidos. Consigo distinguir a una pareja de jóvenes,
de movimientos toscos, imprudentes, pero imponentes o alocados. Más atrás
diviso lo que creo son dos viejos, elegantes, dueños de la sala, de mi sala. Me
emociono ante tanta belleza, oigo rezongar mi corazón al compás de este dos por
cuatro inaudible. Se me antoja seguir el ritmo con el dedo índice de mi mano,
entrecerrando los ojos, pero me persuado a mi mismo de no cerrarlos por
completo por temor a romper la aparentemente frágil estructura de humo ocre, de
manera que me acurruco un poco más en el sillón, calentito, y permanezco
inmutable.
Apresurado
dirijo mis pobladas cejas a la ventana, y me tranquilizo al verla cerrada y con
pestillo, pues me habría destrozado el que una ráfaga impía destrozara ese
juego único. Ya casi no se distingue al intérprete de mi disco vocalizando no quiero nada, nada más que la mentira de
tu amor como limosna; la música que invade la escena es simplemente el
llanto crudo de un hombre abandonado, sonido lírico y sublime.
Ya no me
muevo. Acomodado en el sillón, dejo que la aventura del baile me traiga al
sueño, si no es esto un sueño ya. El ambiente se hace ahora imposible de tanto
gris, da tanto molinete, pero es la primera vez que un gris se me antoja no tan
triste. Y sin poderlo resistir me aventuro a lo desconocido, con la cautela de
un niño que pide permiso para levantarse de la mesa. Y mi sala no está más, y
aunque estuviera aún no podría asegurar yo que siguiera siendo mía; y en su
lugar este boliche de dimensiones inapreciables, que siempre estuvo y siempre
será aquí, en donde todos bailan porque a eso han venido, en donde nadie
envejece porque no se acostumbra por estos pagos tener noción del tiempo.
Y algo se roba
mi atención. Es el abuelo con el acordeón, absorto, solos él y la música. No me
ve, pero ya va a haber tiempo, ahora creo estar seguro de eso. Se lo ve algo
más pibe de lo que yo me lo acordaba. Cómo toca el viejo, siempre me maravilló,
y ahora también lo hace, incluso ante la maravilla de todo lo que estoy
viviendo.
- Pero es que
ya no estás viviendo –me sonríe el abuelo. Ahora sí levanta la vista, más
precisamente la fija en mis ojos. Tiene el mismo iris almendra que recordaba-.
Si vos estás acá conmigo, es porque elegiste seguirme hasta esta milonga eterna.
Y si le gusta el baile, salga a cabecear pareja m’hijo, que para eso ha venido.
Me sorprendo a
mi mismo sonriendo ante la muerte. No me la tomo con amargura, esas cosas no
tienen cabida en este inconmensurable bulín. Lo único lejanamente real son los
zapatos lustrados de las parejas sobre el suelo de tablas bellamente
desprolijas. De estar vivo habría llorado de alegría, pero hoy prefiero sonreír
radiante y aventurarme entre el humo a buscar lo que sea que haya que
encontrar.

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