jueves, 21 de noviembre de 2013

La Habitación (Parte 2 de 2)

La Habitación (Parte 2 de 2)
(Link a la parte 1... así como por las dudas, click ACÁ)

Pero, ¿de qué me sirve entender cómo funciona el recinto que me oprime, cuáles sos las leyes por las que se rige? Si conociéndolo o no, el malestar y la sujeción van a permanecer presionando mi nuevo ser a la existencia precarizada y alienada. Creo ahora preferible no entender la perversidad de los principios que rigen el lugar, para refugiarme en mi propia ignorancia y sufrir en menor grado gracias a no saber de la malignidad que impera en este mi mundo circular y gris. Refugiarme en la ignorancia.
Los estados que me invaden ahora, que identifico desde que desperté en el centro de este lugar extrañísimo y no natural como ajenos, son ahora más sutiles. Parecen estar satisfechos por algo. Por la pasividad con la que ahora me entrego a su orden ya hecho. No entiendo nada, pero veo ahora claramente, más claramente que nunca, que su opresión tiene por fin último y primero suprimir mi lucha, confinarme a una altereternidad de subexistencia en este espacio monótono y abrasivo al espíritu. Y si es eso lo que quieren, que caiga en un derrotismo absoluto sinónimo de pura contemplación, me voy a levantar, voy a limpiar lo húmedo de mi boca y mis ojos con la palma curtida de mi propia mano, y voy a intentar por todos mis medios entender este hábitat.
Alzo la vista. Suspendida en el centro de la habitación hay una esfera de luz concentrada, de energía hecha materia, blanquecina y fría, tenue, desanimante. Antes no estaba ahí, ¿cómo pudo hacerse presente en este lugar cerrado por todos los rincones? Me aproximo para apreciarla mejor; está a una altura tal que me es imposible palparla, mas está suficientemente cerca como para advertir que se convulsiona alocadamente en su interior. No sé por qué, pero me transmite una falsa paz, una mentira piadosa de infinita salvación. La desconfianza que siento es grande, pero el sentimiento de encontrar un sentido a las cosas es atrayente, hipnótico, reconfortante. No entiendo nada. ¿De dónde viene este cuerpo tenue? ¿Cuál es el motivo de su existencia? Giro a su alrededor, con la mirada fija en su centro, y me llega, ajena, la certidumbre o la convicción de que el centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna, sin perder de esta manera la propiedad tan pura de estar cada uno de los puntos de su inubicable circunferencia a una igual distancia del centro en el que la fuerza constante fluye en toda dirección, convulsa. Su falsa paz me transmite quietud y desconfianza. Serenidad, armonía. Pero entonces, Serenidad y desconfianza, paz que rompe esas ansias de conocer y querer ser más. ¿Y por qué, para qué está la esfera ahí? ¿y si esa paz es enviada para naturalizar mi pasividad? A través de una herramienta, una esfera no natural bajo todo punto de vista, ¿se me podría estar condicionando a la pasividad? La habitación así lo hubiera querido, estoy seguro. Reproducir hasta el infinito mis lamentos, acallados por el conformismo primero, por una falsa verdad de entendimiento y vida eterna ahora. Es tan simple. Me regocijo a mi mismo por el descubrimiento; ya no cabe la expresión, repetida en esta corta vida que experimento, de “no entiendo nada”. Ahora no sólo sé que soy, sino que sé que ellos no quieren que sea en toda mi potencialidad y plenitud. Sigo con la vista en alto, y la esfera permanece, simulando ser impertérrita, haber siempre estado ahí, pero yo sé que no estuviste siempre, que sos una creación. Ahora veo que tu brillo tenue es en todo similar al brillo insípido que reina en esta mi prisión, que impide toda sombra. Ahora veo que tu función es la de no dejar que piense, de reprimir mis instintos de primigenia libertad, de condenarme a estar preso de su mundo. Pero de lo que quiero estar condenado es de ser libre, quiero no tener más opción que ser libre.
Una mezcla extraña y malproporcionada de confianza en mí mismo, adrenalina, furia, se arremolina inclemente y exuberante en mi triste vientre, subiendo lentamente por mi pecho hasta alcanzar ambos brazos y dotarlos de necesidad; bajando suavemente por mis piernas hasta bañar cada cartílago, cada instante de mi cuerpo, de una renovada inquietud de vivir. Me siento dotado de una potencialidad ajena, impropia y radiante. Júbilo. Miro nuevamente la tenue; ya no me inspira satisfacción; distingo en su convulsionado centro inubicable infinidad de seres iguales en todo a mí, con la cabeza gacha y las sonrisas muecas; ya no encuentro la falsa paz y la promesa de volverme inalterable al reloj de arena, o lo veo pero profundo en el techo inconmensurablemente negro y por lo tanto lejano de mis manos renovadas.
Entiendo ahora lo que debo hacer; siento un temor fluir, pero lo reprimo y estrujo los dedos contra la palma, y pienso que, de tener uñas, una insípida sangre asomaría por los puntos dañados por la presión de la carne uña contra la carne cruda. Miro al frente. Me decido; corro hasta la única pared abominable, me detengo a un brazo de distancia. Junto valor y procedo a hacer eso que ahora sé debo hacer para poder ser, y por sobre todo sé que quiero ser. Ahora entiendo. Intentando no pensar y retrasar inútilmente el momento, abalanzo con violencia mi puño cerrado y cargado de goce y magia contra la gris superficie. El impacto es asombroso, también el dolor, que rápidamente se desplaza por los incontables y sensibles nervios del brazo lila muerto hasta alcanzar la forma de un grito desgarrador que emana con soberana libertad de mi boca antes muda. Tengo voz; pese a lo insoportable del dolor, a lo inhumano de mi acción, sonrío. Tengo voz, y mi primera palabra fue y para siempre será ese grito de rebeldía. Nueva exaltación  en mi cuerpo, en esa insulsa materia prima depositaria de la chispa que me deja ser.
Y, como no podía ser de ninguna otra manera, el deseo de la habitación se hace evidente. Esa continua sensación represiva es ahora máxima, exige que quiebre mi voluntad y me detenga, exige obediencia, y se violenta. Siento una repentina opresión en el pecho, me cuesta respirar, me ahogo. Punzadas en el estómago, en los costados; puntadas repetidas y profundas, hasta la misma médula. Ideas me invaden, dolor, sufrimiento, falsa paz, eternidad de mediocridad, agonía. Nada. La luz tenue reinante es ahora más intensa; no encuentro en el lenguaje forma de describirla, de explicar el fenómeno. El dolor del brazo queda ahora en segundo plano; el espanto provocado por lo ajeno pretende doblegarme. Tomo mi cabeza con ambas manos y me convulsiono, espantando esas fuerzas que me fuerzan, esas ideas que me son indebidas, esas leyes anteriores y exteriores y para nada acordes a lo que deseo para mí y mi vida naciente. La única manera de expulsarlas tiene que ser entonces proseguir con lo mío.
Respiro profundo; repito el acto, ahora sin temor; la violencia es ahora mayor porque no hay titubeos ni temores, golpeo la pared áspera, y vuelvo a hacer consecuente el grito: es el resultado aritmético a la ecuación. Un hormigueo recorre mi brazo, y el latir de la presión sanguínea se manifiesta exultante en los nudillos maltratados, machacados por su mismo golpe. Junto todo el coraje de mi reservorio y repito una vez más la acción, pero esta vez el grito acompaña el parsimonioso  movimiento del brazo, lo escolta. El sudor y el llano se hacen uno en el suco de ambos pómulos, el tiempo es lento, pero el impacto llega. Siento destrozarse algo en mi extremidad sacrificada, astillarse algún hueso posiblemente. Tiemblo todo. Tomo por el codo mi brazo arruinado, y lo coloco, aún tembloroso, sobe el costado de mi dorso. Siento el latir de mi corazón en cada palmo de mi brazo roto. Miro la inalterable pared de piedra dura; permanece igual en forma, grosos, textura… pero el color es otro. Una mancha tétrica de tono rojo carmín, clarísima y viva, lo único aparentemente vivo en la habitación toda. La mancha de mi sacrificio, de mi convencimiento y de mi lucha; mancha de todo lo que soy y de que vivo. Por sobre todo, mancha que marca sobre el muro lo que quiero ser para siempre: liberado.
Con el brazo sano y la mente turbada palpo la sangre. Ligeramente tibia, repugnante, pero bella. Miro mis dedos y no logro comprender cómo tan poderosa materia se revuelca en mi interior, fluyendo incansablemente en su recorrido circular e infinito. Y eso es necesariamente para lo que reclamé su presencia exterior. Con las yemas del brazo útil sobre la superficie gris triste de piedra, con la mártir extremidad colgando inservible a un costado, hago un doble seguimiento de la habitación, nuevamente en el sentido de mi brazo izquierdo roto lacerado. Doble porque no sólo enumero frenéticamente en mi mente los pasos de la apresante circunferencia mientras palmo con los dedos, sino también y por sobre todo porque densas y sugestivas gotas de sangre, ahora más oscuras, igualmente vivas, me acompañan en cada paso, cortando el silencio con la armoniosa combinación del sonido de mis pies desnudos arrastrándose sobre la piedra fría y de las gotas rojas puras salpicando la piedra tosca; misma piedra, diferentes aspectos, ambos violados por mi convicción.
La ansiedad roza ahora la desesperación.  Puedo ver el comienzo de mi nuevo conteo a pocos pasos; veo las brillantes marcas rojas carmín vivas delante de mis pies que se arrastran conformando un nuevo círculo perfecto en este mundo adolescente. No tengo miedo de proseguir y completar la obra, este mi primer arte ardiente de sentimiento. Ya lo consigo, faltan solamente tres pasos, dos pasos. Está hecho. Me quedo parado contemplando la cadena discontinua de gotas, apreciándola, como si realmente no me perteneciera en su autoría. ¿Cuántos pasos? Sé cuántos, tengo el número grabado en mi mente como a fuego, es mi logro, pero no importa realmente. Si fueron noventa y nueve, o más, muchos más, o menos, tal vez menos. El número representa primero que cualquier otra cosa el conocimiento de esta patética escena que encuentro ahora ficcionada para impedirme ser. Pero es más que conocimiento; está implícito en ese número mi espíritu y mi lucha, mis convicciones, soy yo en parte. Y lo que es ahora más importante, conocer me permite transformar este mi mundo absurdo cerrado, gris, aislante, alienante. Porque de nada sirve el saber por el hecho mismo e ilusoriamente sublime y reconfortante de saber; y creo que uno no se opondría como yo lo hice a todo lo que considera está mal con el fin último de sólo saber; quiero ser libre, quiero ser.
Y tras reflexionar esto, se me es todo dado (en verdad, nada se me fue dado: es todo producto y fruto maduro de mi previo hacer). Puedo individualizar todos y cada uno de los bloques por separado, contarlos si quisiera pero no quiero, contemplar sus sólidas uniones de un matiz distinto, más artificial aún que los cortes de los bloques mismos. Puedo apreciar esas uniones de algún preparado ligante y consistente, también gris pero más crudo e insulso, alguna vez líquido espeso, ahora rígido e inalterable, fuerte. Y camino ahora y por última vez la habitación en un sentido cualquiera, tampoco importa, y veo todas y cada una de las perfectas filas de bloques horrendos y húmedos que continúan tan sólidos, muertos. De pronto algo secuestra mi atención toda; a la altura de lo que alguna vez llamé piso, pero en vertical a este, es decir, encima, un bloque se me presenta a los ojos y a la razón distinto a todos, único. En la infinita pared, ese único bloque es singular. No cuenta con esas torpes uniones de material gris crudo que ligan a todos los demás bloques con la estructura de cada uno de todos los demás bloques. Posiblemente este sea ese primer bloque desde el cuál se dio origen a la habitación prisión. Quizá en ese exacto punto tuvo comienzo el sin principio ni fin de la única pared circular. O tal vez simplemente sea esa la falencia de esta estructura podrida y miserable, la contradicción primera y propia que se vuelve última por mis actos, el intersticio para la acción realizadora, ese punto endeble de toda la megalítica ergástula.
Lo contemplo largamente, maravillado. La esfera no existe, o si, pero no me vuelvo para confirmarlo. Los principios maliciosos ya no me atormenta; es entendible su resignación. Mi brazo ahora no duele tanto; las punzadas han cesado, las pulsiones se regularizan paulatinamente, y la satisfacción de haberme realizado como ser real, existente y libre es mayor a todo lo que podría haber imaginado en el instante anterior a los varios encadenados instantes que le sucedieron, cuando desperté en el suelo frío y áspero especulando sobre si acaso soy. El sacrificio fue mínimo. El tributo de sangre, con creces retribuido.
Avanzo decidido hacia ese singular y único bloque, me arrodillo frente al espécimen, y con ambas manos, primero la sana, luego la madura, imprimo todas las fuerzas de las que soy capaz. Y sin embargo la piedra suelta se desplaza casi sin dificultad, con una soltura no aparentada, sin rozamientos con los demás bloques, en completo silencio. El poder que me he otorgado a mí mismo es absoluto. La alienación es un recuerdo de mi corto pasado. A medida que retrocede, la piedra deja entrar tímidamente una luz distinta a la tenue y fría y ambiental de este confinamiento absurdo. La nueva luz penetrante todo pura, suave al tacto, cálida, bella, liberadora. Con ansias empujo el canto frívolo hasta desubicarlo por completo, hasta corromper al fin la triste armonía de la habitación. No sé qué será lo que por fuera de esta única pared, lo que sobre ese enigmático cielo impenetrable y negro, lo que apartado de estas leyes extrañas haya, pero sea lo que sea, es libre, es mío.


Josefina Moretta. 

2 comentarios:

  1. Pasando, Juan. Me gustan estos relatos que guardan dentro de sí una especie de ensayo filosófico y que invitan a la reflexión. El comienzo de la primera parte me recordó mucho al Pozo y el péndulo de Poe, porque el chabón está encerrado y va describiendo esa abominación que en principio le resulta desconocida, y le da nombre y sentimientos. La segunda parte me pareció más ideológica y está muy bien. Se nota que corregís mucho porque casi no hay errores y los dos o tres que detecté son errores de tipeo que cuesta en general identificar. ¡Salaudos!

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  2. en verdad lo de "dos partes" y cómo separarlo fue re arbitrario porque yo lo escribí todo junto jajaj... pero para colgarlo como una sola entrada me pareció que iba a ser mucho, por eso más o menos le calculé dónde era la mitad, y le mandé parte1-parte2 al pozo y el péndulo no lo leí, pero x lo que me decís me interesa, anotando* ... y si, a este le pegué sus buenas correcciones, me puse bastante puntilloso

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