Pero, ¿de qué me sirve entender cómo funciona el
recinto que me oprime, cuáles sos las leyes por las que se rige? Si
conociéndolo o no, el malestar y la sujeción van a permanecer presionando mi
nuevo ser a la existencia precarizada y alienada. Creo ahora preferible no
entender la perversidad de los principios que rigen el lugar, para refugiarme
en mi propia ignorancia y sufrir en menor grado gracias a no saber de la
malignidad que impera en este mi mundo circular y gris. Refugiarme en la ignorancia.
Los estados que me invaden ahora, que identifico desde
que desperté en el centro de este lugar extrañísimo y no natural como ajenos,
son ahora más sutiles. Parecen estar satisfechos por algo. Por la pasividad con
la que ahora me entrego a su orden ya hecho. No entiendo nada, pero veo ahora
claramente, más claramente que nunca, que su opresión tiene por fin último y
primero suprimir mi lucha, confinarme a una altereternidad de subexistencia en
este espacio monótono y abrasivo al espíritu. Y si es eso lo que quieren, que
caiga en un derrotismo absoluto sinónimo de pura contemplación, me voy a
levantar, voy a limpiar lo húmedo de mi boca y mis ojos con la palma curtida de
mi propia mano, y voy a intentar por todos mis medios entender este hábitat.
Alzo la vista. Suspendida en el centro de la
habitación hay una esfera de luz concentrada, de energía hecha materia,
blanquecina y fría, tenue, desanimante. Antes no estaba ahí, ¿cómo pudo hacerse
presente en este lugar cerrado por todos los rincones? Me aproximo para
apreciarla mejor; está a una altura tal que me es imposible palparla, mas está
suficientemente cerca como para advertir que se convulsiona alocadamente en su
interior. No sé por qué, pero me transmite una falsa paz, una mentira piadosa
de infinita salvación. La desconfianza que siento es grande, pero el
sentimiento de encontrar un sentido a las cosas es atrayente, hipnótico,
reconfortante. No entiendo nada. ¿De dónde viene este cuerpo tenue? ¿Cuál es el
motivo de su existencia? Giro a su alrededor, con la mirada fija en su centro,
y me llega, ajena, la certidumbre o la convicción de que el centro está en
todas partes y la circunferencia en ninguna, sin perder de esta manera la
propiedad tan pura de estar cada uno de los puntos de su inubicable circunferencia
a una igual distancia del centro en el que la fuerza constante fluye en toda
dirección, convulsa. Su falsa paz me transmite quietud y desconfianza.
Serenidad, armonía. Pero entonces, Serenidad y desconfianza, paz que rompe esas
ansias de conocer y querer ser más. ¿Y por qué, para qué está la esfera ahí? ¿y
si esa paz es enviada para naturalizar mi pasividad? A través de una
herramienta, una esfera no natural bajo todo punto de vista, ¿se me podría
estar condicionando a la pasividad? La habitación así lo hubiera querido, estoy
seguro. Reproducir hasta el infinito mis lamentos, acallados por el conformismo
primero, por una falsa verdad de entendimiento y vida eterna ahora. Es tan
simple. Me regocijo a mi mismo por el descubrimiento; ya no cabe la expresión,
repetida en esta corta vida que experimento, de “no entiendo nada”. Ahora no
sólo sé que soy, sino que sé que ellos no quieren que sea en toda mi
potencialidad y plenitud. Sigo con la vista en alto, y la esfera permanece,
simulando ser impertérrita, haber siempre estado ahí, pero yo sé que no
estuviste siempre, que sos una creación. Ahora veo que tu brillo tenue es en
todo similar al brillo insípido que reina en esta mi prisión, que impide toda
sombra. Ahora veo que tu función es la de no dejar que piense, de reprimir mis
instintos de primigenia libertad, de condenarme a estar preso de su mundo. Pero
de lo que quiero estar condenado es de ser libre, quiero no tener más opción
que ser libre.
Una mezcla extraña y malproporcionada de confianza en
mí mismo, adrenalina, furia, se arremolina inclemente y exuberante en mi triste
vientre, subiendo lentamente por mi pecho hasta alcanzar ambos brazos y
dotarlos de necesidad; bajando suavemente por mis piernas hasta bañar cada
cartílago, cada instante de mi cuerpo, de una renovada inquietud de vivir. Me
siento dotado de una potencialidad ajena, impropia y radiante. Júbilo. Miro
nuevamente la tenue; ya no me inspira satisfacción; distingo en su
convulsionado centro inubicable infinidad de seres iguales en todo a mí, con la
cabeza gacha y las sonrisas muecas; ya no encuentro la falsa paz y la promesa
de volverme inalterable al reloj de arena, o lo veo pero profundo en el techo
inconmensurablemente negro y por lo tanto lejano de mis manos renovadas.
Entiendo ahora lo que debo hacer; siento un temor
fluir, pero lo reprimo y estrujo los dedos contra la palma, y pienso que, de
tener uñas, una insípida sangre asomaría por los puntos dañados por la presión
de la carne uña contra la carne cruda. Miro al frente. Me decido; corro hasta
la única pared abominable, me detengo a un brazo de distancia. Junto valor y
procedo a hacer eso que ahora sé debo hacer para poder ser, y por sobre todo sé
que quiero ser. Ahora entiendo.
Intentando no pensar y retrasar inútilmente el momento, abalanzo con violencia
mi puño cerrado y cargado de goce y magia contra la gris superficie. El impacto
es asombroso, también el dolor, que rápidamente se desplaza por los incontables
y sensibles nervios del brazo lila muerto hasta alcanzar la forma de un grito
desgarrador que emana con soberana libertad de mi boca antes muda. Tengo voz;
pese a lo insoportable del dolor, a lo inhumano de mi acción, sonrío. Tengo
voz, y mi primera palabra fue y para siempre será ese grito de rebeldía. Nueva
exaltación en mi cuerpo, en esa insulsa
materia prima depositaria de la chispa que me deja ser.
Y, como no podía ser de ninguna otra manera, el deseo
de la habitación se hace evidente. Esa continua sensación represiva es ahora
máxima, exige que quiebre mi voluntad y me detenga, exige obediencia, y se
violenta. Siento una repentina opresión en el pecho, me cuesta respirar, me
ahogo. Punzadas en el estómago, en los costados; puntadas repetidas y
profundas, hasta la misma médula. Ideas me invaden, dolor, sufrimiento, falsa paz,
eternidad de mediocridad, agonía. Nada. La luz tenue reinante es ahora más
intensa; no encuentro en el lenguaje forma de describirla, de explicar el
fenómeno. El dolor del brazo queda ahora en segundo plano; el espanto provocado
por lo ajeno pretende doblegarme. Tomo mi cabeza con ambas manos y me
convulsiono, espantando esas fuerzas que me fuerzan, esas ideas que me son indebidas,
esas leyes anteriores y exteriores y para nada acordes a lo que deseo para mí y
mi vida naciente. La única manera de expulsarlas tiene que ser entonces
proseguir con lo mío.
Respiro profundo; repito el acto, ahora sin temor; la
violencia es ahora mayor porque no hay titubeos ni temores, golpeo la pared
áspera, y vuelvo a hacer consecuente el grito: es el resultado aritmético a la
ecuación. Un hormigueo recorre mi brazo, y el latir de la presión sanguínea se
manifiesta exultante en los nudillos maltratados, machacados por su mismo
golpe. Junto todo el coraje de mi reservorio y repito una vez más la acción,
pero esta vez el grito acompaña el parsimonioso
movimiento del brazo, lo escolta. El sudor y el llano se hacen uno en el
suco de ambos pómulos, el tiempo es lento, pero el impacto llega. Siento
destrozarse algo en mi extremidad sacrificada, astillarse algún hueso
posiblemente. Tiemblo todo. Tomo por el codo mi brazo arruinado, y lo coloco,
aún tembloroso, sobe el costado de mi dorso. Siento el latir de mi corazón en
cada palmo de mi brazo roto. Miro la inalterable pared de piedra dura;
permanece igual en forma, grosos, textura… pero el color es otro. Una mancha
tétrica de tono rojo carmín, clarísima y viva, lo único aparentemente vivo en
la habitación toda. La mancha de mi sacrificio, de mi convencimiento y de mi
lucha; mancha de todo lo que soy y de que vivo. Por sobre todo, mancha que
marca sobre el muro lo que quiero ser para siempre: liberado.
Con el brazo sano y la mente turbada palpo la sangre.
Ligeramente tibia, repugnante, pero bella. Miro mis dedos y no logro comprender
cómo tan poderosa materia se revuelca en mi interior, fluyendo incansablemente
en su recorrido circular e infinito. Y eso es necesariamente para lo que
reclamé su presencia exterior. Con las yemas del brazo útil sobre la superficie
gris triste de piedra, con la mártir extremidad colgando inservible a un costado,
hago un doble seguimiento de la habitación, nuevamente en el sentido de mi
brazo izquierdo roto lacerado. Doble porque no sólo enumero frenéticamente en
mi mente los pasos de la apresante circunferencia mientras palmo con los dedos,
sino también y por sobre todo porque densas y sugestivas gotas de sangre, ahora
más oscuras, igualmente vivas, me acompañan en cada paso, cortando el silencio
con la armoniosa combinación del sonido de mis pies desnudos arrastrándose
sobre la piedra fría y de las gotas rojas puras salpicando la piedra tosca;
misma piedra, diferentes aspectos, ambos violados por mi convicción.
La ansiedad roza ahora la desesperación. Puedo ver el comienzo de mi nuevo conteo a
pocos pasos; veo las brillantes marcas rojas carmín vivas delante de mis pies
que se arrastran conformando un nuevo círculo perfecto en este mundo
adolescente. No tengo miedo de proseguir y completar la obra, este mi primer
arte ardiente de sentimiento. Ya lo consigo, faltan solamente tres pasos, dos
pasos. Está hecho. Me quedo parado contemplando la cadena discontinua de gotas,
apreciándola, como si realmente no me perteneciera en su autoría. ¿Cuántos
pasos? Sé cuántos, tengo el número grabado en mi mente como a fuego, es mi
logro, pero no importa realmente. Si fueron noventa y nueve, o más, muchos más,
o menos, tal vez menos. El número representa primero que cualquier otra cosa el
conocimiento de esta patética escena que encuentro ahora ficcionada para
impedirme ser. Pero es más que conocimiento; está implícito en ese número mi
espíritu y mi lucha, mis convicciones, soy yo en parte. Y lo que es ahora más
importante, conocer me permite transformar este mi mundo absurdo cerrado, gris,
aislante, alienante. Porque de nada sirve el saber por el hecho mismo e
ilusoriamente sublime y reconfortante de saber; y creo que uno no se opondría
como yo lo hice a todo lo que considera está mal con el fin último de sólo
saber; quiero ser libre, quiero ser.
Y tras reflexionar esto, se me es todo dado (en
verdad, nada se me fue dado: es todo producto y fruto maduro de mi previo
hacer). Puedo individualizar todos y cada uno de los bloques por separado,
contarlos si quisiera pero no quiero, contemplar sus sólidas uniones de un
matiz distinto, más artificial aún que los cortes de los bloques mismos. Puedo
apreciar esas uniones de algún preparado ligante y consistente, también gris
pero más crudo e insulso, alguna vez líquido espeso, ahora rígido e
inalterable, fuerte. Y camino ahora y por última vez la habitación en un
sentido cualquiera, tampoco importa, y veo todas y cada una de las perfectas
filas de bloques horrendos y húmedos que continúan tan sólidos, muertos. De
pronto algo secuestra mi atención toda; a la altura de lo que alguna vez llamé
piso, pero en vertical a este, es decir, encima, un bloque se me presenta a los
ojos y a la razón distinto a todos, único. En la infinita pared, ese único
bloque es singular. No cuenta con esas torpes uniones de material gris crudo
que ligan a todos los demás bloques con la estructura de cada uno de todos los
demás bloques. Posiblemente este sea ese primer bloque desde el cuál se dio
origen a la habitación prisión. Quizá en ese exacto punto tuvo comienzo el sin
principio ni fin de la única pared circular. O tal vez simplemente sea esa la
falencia de esta estructura podrida y miserable, la contradicción primera y
propia que se vuelve última por mis actos, el intersticio para la acción
realizadora, ese punto endeble de toda la megalítica ergástula.
Lo contemplo largamente, maravillado. La esfera no
existe, o si, pero no me vuelvo para confirmarlo. Los principios maliciosos ya
no me atormenta; es entendible su resignación. Mi brazo ahora no duele tanto;
las punzadas han cesado, las pulsiones se regularizan paulatinamente, y la
satisfacción de haberme realizado como ser real, existente y libre es mayor a
todo lo que podría haber imaginado en el instante anterior a los varios
encadenados instantes que le sucedieron, cuando desperté en el suelo frío y
áspero especulando sobre si acaso soy. El sacrificio fue mínimo. El tributo de
sangre, con creces retribuido.
Avanzo decidido hacia ese singular y único bloque, me
arrodillo frente al espécimen, y con ambas manos, primero la sana, luego la
madura, imprimo todas las fuerzas de las que soy capaz. Y sin embargo la piedra
suelta se desplaza casi sin dificultad, con una soltura no aparentada, sin
rozamientos con los demás bloques, en completo silencio. El poder que me he
otorgado a mí mismo es absoluto. La alienación es un recuerdo de mi corto
pasado. A medida que retrocede, la piedra deja entrar tímidamente una luz
distinta a la tenue y fría y ambiental de este confinamiento absurdo. La nueva
luz penetrante todo pura, suave al tacto, cálida, bella, liberadora. Con ansias
empujo el canto frívolo hasta desubicarlo por completo, hasta corromper al fin
la triste armonía de la habitación. No sé qué será lo que por fuera de esta
única pared, lo que sobre ese enigmático cielo impenetrable y negro, lo que
apartado de estas leyes extrañas haya, pero sea lo que sea, es libre, es mío.
Josefina Moretta.
Pasando, Juan. Me gustan estos relatos que guardan dentro de sí una especie de ensayo filosófico y que invitan a la reflexión. El comienzo de la primera parte me recordó mucho al Pozo y el péndulo de Poe, porque el chabón está encerrado y va describiendo esa abominación que en principio le resulta desconocida, y le da nombre y sentimientos. La segunda parte me pareció más ideológica y está muy bien. Se nota que corregís mucho porque casi no hay errores y los dos o tres que detecté son errores de tipeo que cuesta en general identificar. ¡Salaudos!
ResponderEliminaren verdad lo de "dos partes" y cómo separarlo fue re arbitrario porque yo lo escribí todo junto jajaj... pero para colgarlo como una sola entrada me pareció que iba a ser mucho, por eso más o menos le calculé dónde era la mitad, y le mandé parte1-parte2 al pozo y el péndulo no lo leí, pero x lo que me decís me interesa, anotando* ... y si, a este le pegué sus buenas correcciones, me puse bastante puntilloso
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