Acá una nueva entrada al blog... un cuento, de título "La Habitación"... lo cuelgo en dos veces (esta primera parte ahora, y el final mañana o en otro momento) porque no es tan corto y prefiero que lo lean todo sin dejarlo a la mitad =)
La Habitación
Los filósofos no han hecho más
que interpretar de diversos
modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.
Karl Marx
El hombre está condenado a ser
libre, porque una vez que está en el mundo, es responsable de todo lo que hace.
Estoy despierto. Antes de este instante no lo estaba,
pero ahora estoy despierto. Permanezco con los ojos cerrados intentando
recordar qué hubo antes del sueño. Nada. No hubo un antes al sueño. Este
presente es y representa mi completa existencia. Noto que poso inerte sobre una
superficie dura, irregular, de alguna manera húmeda, fría. Desparramado de
cualquier manera sobre este, digamos, suelo, estoy. Nada. No hay recuerdo
alguno que me informe sobre cómo es que me encuentro ahora acá. Con cierta
dificultad, propia tal vez de todas las primeras veces, o debida también a lo
atrofiado de mi cuerpo, levanto las manos y me palpo a mí mismo. Soy un cuerpo
adulto, delgado, huesudo, desagradable al tacto aunque no cuente con
experiencias previas que me permitan establecer paralelismos o comparaciones.
Soy un cuerpo ya adulto, maltratado por los años de una existencia que no
existe. No entiendo nada. Soy un ser ya crecido sin recuerdos anteriores al
instante que precede a este nuevo instante en el que me palpo y reflexiono
sobre quién o qué soy, dónde y por qué estoy en este lugar desconocido ahora,
este nuevo instante posterior a ese instante en el que desperté de un sueño que
no recuerdo haber tenido.
Permanezco aún con los ojos cerrados. Siento cierto
temor acerca de la escena con la que me voy a encontrar cuando los abra. Una
escena que de antemano está preconcebida, pero que a mí se me presentará
totalmente nueva. Puedo sentir o tal vez intuir nítidamente los latidos de mi
corazón resonando y golpeteando contra la dura y fría y húmeda piedra gris del
suelo. No sé por qué, pero tengo la extraña certeza de que es gris. ¿Cómo
juntar valor para abrir los ojos? Uno siempre se remonta para ello a un pasado
cercano, a experiencias o personas, a objetivos de vida, deseos; pero yo no
cuento con nada de eso, solamente soy un algo abominable sin historia. Lo único
que tengo es a mi ser mismo, y a este mundo que desconozco. ¿Qué incentivo
puedo tener? Solamente la curiosidad de hacer en algo más inteligible la
situación… abro los ojos.
Con el mayor rigor científico del que soy capaz, voy a
intentar describir todo lo que veo y siento. Estando aún en el piso, con la
cabeza vuelta enteramente hacia arriba, levemente ladeada a mi perfil
izquierdo, mis ventanas oculares se encuentran con un espacio abovedado. El
techo es inapreciable, un negro indescifrable en profundidad, distancia,
textura. Y sin embargo, delimitado. A medida que desplazco mi cabeza con
lentitud de un costado a otro del cuello, siempre mirando a las alturas, y
provocando en mi nuca desnuda un efecto de fricción como el de la piel en la
arena de río pero producto ahora de mi nuca contra el suelo horrible, distingo
cada vez de manera más clara los límites de ese infinito cielo. Para empezar,
tengo que decir que se trata de un aro, un círculo muy grande de negro no
conocible. Entiendo ahora entonces que me encuentro en un recinto conformado
por una única pared sin principio ni fin aparente, circular. Qué idiotez. Los
demiurgos que la hayan concebido en su materialidad, quienes la hayan
configurado y construido, pues alguien debió haber creado este hábitat
carcelario no natural, tienen que haber dado principio al círculo en algún
punto exacto. Pero qué importancia tiene ese saber ahora, estando yo, amanecido
en un espacio que desconozco, sin recuerdos de un pasado, es decir, sin pasado.
¿De qué me sirve saber que quienes sean los que hayan construido este lugar
colocaron primero sus ladrillos en un espacio específico o en otro, para luego
desarrollar la macabra arquitectura a partir de ese punto. Es irrelevante; a mí
esta realidad se me dio hecha y establecida; saber cómo fue construida me
ayudaría a saber qué es y cuál es el fin, pero el círculo se presenta ante mí
sin principio ni fin. Esta habitación me representa un calabozo eterno. Nada.
La posición de muerto en que me encuentro, así, tirado
sobre el suelo, desparramado o acomodado, no sé, es ahora un impedimento para
conocer. Ayudado con mis manos, imprimiendo fuerza al piso, me levanto con una
dificultad impensada. Tambaleo un segundo, efecto propio de la inexperiencia, o
del atrofiamiento de unos músculos ya adultos nunca puestos en uso, totalmente
vírgenes. Una miserable flexión de las rodillas me devuelve el equilibrio. Mis
rodillas duelen, las miro. Lo primero que me sorprende es el color de mi piel
que cuelga sobrante en las piernas. De un color lila muerto, aparenta o refleja
una nula circulación de la sangre. ¿Estoy muerto, acaso? No puede ser, mi
corazón resonaba inquieto contra la piedra ratos antes, y aún lo hace, puedo
sentirlo. Resuena aún más fuerte; el arresto de energía aplicado a ponerme de
pie me ha agitado. No entiendo nada. ¿ es el latir de un corazón, el fluir de
la sangre por su laberíntico recorrido circular como esta habitación, el
fundamento de estar vivo?. Me siento miserable, no sé qué soy. No tengo
recuerdos, no entiendo nada. Miro mis manos, del mismo color crudo,
aparentemente demacradas por el paso del tiempo. Pero, ¿de qué tiempo? Miro mis
palmas, e incontables líneas las surcan. Grabadas firmemente sobre la carne,
hundidas, como cinceladas. Mis brazos son también huesudos, tristes, con pieles
sobrantes. Me inclino un poco hacia el frente, buscando con los brazos mi bajo
vientre. Ausencia absoluta de genitalidad. Otra muestra de que no soy.
Ahora en pie, con los brazos aún extendidos y
flexionados en la postura que uno adquiere para apreciarse las palmas puedo
dedicar por completo mi atención a aquella habitación exasperante. No sé por
qué, pero mirar fijamente las palmas de mis manos es la forma única que tengo
de conocerme de verdad por vez primera.
Dando una vuelta sobre mí mismo, casi trastabillando
por el choque de un tobillo contra el otro, pues aún no domino con elegancia mi
cuerpo desnudo, veo que el diámetro del calabozo circular es de unos veinte o
veintitantos cuerpos míos sucedidos uno al otro, y que yo me encuentro
exactamente colocado en el centro. Doy una, dos, varias vueltas. Me invade un
mareo y caigo al piso de piedra duro. Siento dolor en las zonas del impacto.
Por fin una muestra de que soy. Una amarga y fugaz sonrisa se dibuja en mi
rostro desconocido, fugaz porque alguna inhibición hacia váyase a saber qué
congénere me avergüenza de mí mismo, de querer mostrarme como soy, de querer
pensarme a mi mismo y a mí en relación
al mundo que se resumen en esta burda prisión de piedras. La sonrisa en
mi rostro ya no está. Mi rostro… tengo un rostro. Desesperadamente me palpo los
pómulos, recorro con suavidad y brusquedad a la vez la forma de mi nariz, la
comisura de mis labios secos partidos. Avanzo a ver como ven los ciegos.
Permanezco aún tirado de cualquier manera en este suelo gris, pero el dolor de
la caída prácticamente es un recuerdo. Tal vez mi primer recuerdo, que no es
exactamente bello pero es mío, y me aferraré a él con toda la fuerza de mi
espíritu. Vuelvo a ponerme de pie, ahora más enérgicamente. La dificultad es
menor esta vez. Camino decididamente hasta una de las paredes, aunque es mejor
decir hacia la única pared. La contemplo de cerca, a menos de un brazo de
distancia. Parece de una naturaleza similar a la del piso. Temblorosamente
extiendo mis dedos sin uñas al tiempo que entrecierro los ojos. En efecto, es
una superficie de piedra. Fría, y sudada, áspera, gris, triste. Abro los ojos;
lentamente retiro el brazo, pero nuevamente no entiendo nada. Hay algo que
escapa a mi comprensión, y es el hecho de que mi brazo no proyecte sombra
alguna, ni sobre la pared, ni sobre el suelo. Mi siquiera sobre sí mismo, sobre
mí mismo. Es como si el ambiente todo fuera de una luminiscencia casi
imperceptible, que irradiara infinitamente hacia todas las direcciones del
espacio. Recién ahora reparo en el tono blanco opaco, propio de una luz fría,
que baña todo alrededor. El escenario es frío y desatado de toda muestra de
sentimiento.
Nuevamente estiro el brazo hacia la piedra, cierro los
ojos. Y lentamente camino la habitación en el sentido de mi brazo izquierdo,
lentamente. Un pie delante del otro, y ahora este otro delante de aquel
primero, para volver ahora a trasladar por segunda vez este primer pie por
delante de el que fue segundo, y así incontables veces. Camino ciegamente lo
que calculo deben haber sido unas cuatro vueltas al círculo infernal, como
apropiándome de él, como intentado comprenderlo. Pero dejando en este rito toda
muestra de rigurosidad científica, de metodismo seco y despersonalizado. Siento
un leve cansancio, y mi corazón palpita más vivamente. Quiero ser.
¿Cuántos pasos son una vuelta al recinto de mi
confinamiento? Tendría que contarlos. No puedo menos que conocer en todos sus
detalles la estructura que me aprisiona y da vida. Abro los ojos y noto que el
temor antes percibido está ahora presente, pero condicionado por mis actitudes.
Esa fuerza, ese principio que me controla, que creo saber ahora es la
habitación misma, me deja ser, o tal vez me estudia en igual o hasta mayor
grado del que yo intento comprenderla a ella. Pero está ahí, en el aire, casi
palpable, como un estupor, un tufo, un sonido, una vibración, un algo que
intento interpretar con los parámetros de los que dispongo. Un algo cuyo
objetivo es el control de mi persona, de mi incipiente y naciente ser (sí, soy
un ser, ahora tengo esa certeza), mi pensar y sentir, mi cuestionar, mi actuar.
Mi actuar, mi pensar, mi sentir. Controlar. Controlarme. Controlar mi
primigenio ser. Y con mi mano sobre la áspera pared me dispongo a conocerte, miserable
habitación represora. Cuento los pasos, con expresión adusta, dura, cuento
veinte pasos, veintiuno. Otros muchos. Pero veo que debo interrumpir el
experimento; cómo saber, en una pared sin principio ni concreción, cuál es el
punto desde el que partí en mi reconocimiento, de la misma manera que cómo
puedo saber cuál fue aquel bloque de piedra originario a través del cual ellos,
los eternos demiurgos, dieron origen a esta estructura, a este universo cerrado
a sí mismo y a mí. Y ahora algo desagradable recorre mi interior, y es que
entiendo que a ellos, a la habitación, o a lo que sea que juega conmigo, le
inspira risa, maldad, satisfacción, regocijo, el verme así, desorientado e
inútil, es casi palpable su malicia y perversidad, sus intenciones; es palpable
su deseo de controlarme, aprisionarme. Nuevamente empiezo a contar los pasos,
pero prestando una gran atención a cuál es el bloque de piedra desde el que
comienzo la exploración, el experimento. Cuarenta, cuarenta y uno… sesenta y
uno, sesenta y dos… pero ya no puedo divisar el bloque desde el que comencé mi
tarea investigativa; y nuevamente mi frustración deviene en malignidad de la
habitación para conmigo. Me coloco en cuclillas y me tomo los oídos con las
manos, al tiempo que cierro con fuerza los ojos y aprieto la boca conteniendo
un grito, una expresión gutural. Pero ese principio que rige en el lugar no
penetra en mi mente vía sentidos. Es algo ya impregnado en el ambiente, algo
inherente. Noto que las lágrimas dibujan un camino lento que va desde los
tristes lagrimales a la misma junta de mi temblante boca. Lloro y me siento má.
Y siento a cada momento más urgente la necesidad de entender este espacio
impuro y circular en el que se me ha confinado a existir. Cómo funciona, qué lo
alimenta, para qué me necesita, de qué le sirvo. Las lágrimas ahora en mi boca
se me hacen insaboras y desesperantes, y la impotencia invade todos los poros
de mi piel horrenda.
(Link a la parte 2)
http://raicesanegadas.blogspot.com.ar/2013/11/la-habitacion-parte-2-de-2.html
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http://raicesanegadas.blogspot.com.ar/2013/11/la-habitacion-parte-2-de-2.html
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