martes, 19 de noviembre de 2013

La Habitación (parte 1 de 2)

Acá una nueva entrada al blog... un cuento, de título "La Habitación"... lo cuelgo en dos veces (esta primera parte ahora, y el final mañana o en otro momento) porque no es tan corto y prefiero que lo lean todo sin dejarlo a la mitad =) 

La Habitación 

Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.
Karl Marx


El hombre está condenado a ser libre, porque una vez que está en el mundo, es responsable de todo lo que hace.
Jean Paul Sartre

Estoy despierto. Antes de este instante no lo estaba, pero ahora estoy despierto. Permanezco con los ojos cerrados intentando recordar qué hubo antes del sueño. Nada. No hubo un antes al sueño. Este presente es y representa mi completa existencia. Noto que poso inerte sobre una superficie dura, irregular, de alguna manera húmeda, fría. Desparramado de cualquier manera sobre este, digamos, suelo, estoy. Nada. No hay recuerdo alguno que me informe sobre cómo es que me encuentro ahora acá. Con cierta dificultad, propia tal vez de todas las primeras veces, o debida también a lo atrofiado de mi cuerpo, levanto las manos y me palpo a mí mismo. Soy un cuerpo adulto, delgado, huesudo, desagradable al tacto aunque no cuente con experiencias previas que me permitan establecer paralelismos o comparaciones. Soy un cuerpo ya adulto, maltratado por los años de una existencia que no existe. No entiendo nada. Soy un ser ya crecido sin recuerdos anteriores al instante que precede a este nuevo instante en el que me palpo y reflexiono sobre quién o qué soy, dónde y por qué estoy en este lugar desconocido ahora, este nuevo instante posterior a ese instante en el que desperté de un sueño que no recuerdo haber tenido.
Permanezco aún con los ojos cerrados. Siento cierto temor acerca de la escena con la que me voy a encontrar cuando los abra. Una escena que de antemano está preconcebida, pero que a mí se me presentará totalmente nueva. Puedo sentir o tal vez intuir nítidamente los latidos de mi corazón resonando y golpeteando contra la dura y fría y húmeda piedra gris del suelo. No sé por qué, pero tengo la extraña certeza de que es gris. ¿Cómo juntar valor para abrir los ojos? Uno siempre se remonta para ello a un pasado cercano, a experiencias o personas, a objetivos de vida, deseos; pero yo no cuento con nada de eso, solamente soy un algo abominable sin historia. Lo único que tengo es a mi ser mismo, y a este mundo que desconozco. ¿Qué incentivo puedo tener? Solamente la curiosidad de hacer en algo más inteligible la situación… abro los ojos.
Con el mayor rigor científico del que soy capaz, voy a intentar describir todo lo que veo y siento. Estando aún en el piso, con la cabeza vuelta enteramente hacia arriba, levemente ladeada a mi perfil izquierdo, mis ventanas oculares se encuentran con un espacio abovedado. El techo es inapreciable, un negro indescifrable en profundidad, distancia, textura. Y sin embargo, delimitado. A medida que desplazco mi cabeza con lentitud de un costado a otro del cuello, siempre mirando a las alturas, y provocando en mi nuca desnuda un efecto de fricción como el de la piel en la arena de río pero producto ahora de mi nuca contra el suelo horrible, distingo cada vez de manera más clara los límites de ese infinito cielo. Para empezar, tengo que decir que se trata de un aro, un círculo muy grande de negro no conocible. Entiendo ahora entonces que me encuentro en un recinto conformado por una única pared sin principio ni fin aparente, circular. Qué idiotez. Los demiurgos que la hayan concebido en su materialidad, quienes la hayan configurado y construido, pues alguien debió haber creado este hábitat carcelario no natural, tienen que haber dado principio al círculo en algún punto exacto. Pero qué importancia tiene ese saber ahora, estando yo, amanecido en un espacio que desconozco, sin recuerdos de un pasado, es decir, sin pasado. ¿De qué me sirve saber que quienes sean los que hayan construido este lugar colocaron primero sus ladrillos en un espacio específico o en otro, para luego desarrollar la macabra arquitectura a partir de ese punto. Es irrelevante; a mí esta realidad se me dio hecha y establecida; saber cómo fue construida me ayudaría a saber qué es y cuál es el fin, pero el círculo se presenta ante mí sin principio ni fin. Esta habitación me representa un calabozo eterno. Nada.
La posición de muerto en que me encuentro, así, tirado sobre el suelo, desparramado o acomodado, no sé, es ahora un impedimento para conocer. Ayudado con mis manos, imprimiendo fuerza al piso, me levanto con una dificultad impensada. Tambaleo un segundo, efecto propio de la inexperiencia, o del atrofiamiento de unos músculos ya adultos nunca puestos en uso, totalmente vírgenes. Una miserable flexión de las rodillas me devuelve el equilibrio. Mis rodillas duelen, las miro. Lo primero que me sorprende es el color de mi piel que cuelga sobrante en las piernas. De un color lila muerto, aparenta o refleja una nula circulación de la sangre. ¿Estoy muerto, acaso? No puede ser, mi corazón resonaba inquieto contra la piedra ratos antes, y aún lo hace, puedo sentirlo. Resuena aún más fuerte; el arresto de energía aplicado a ponerme de pie me ha agitado. No entiendo nada. ¿ es el latir de un corazón, el fluir de la sangre por su laberíntico recorrido circular como esta habitación, el fundamento de estar vivo?. Me siento miserable, no sé qué soy. No tengo recuerdos, no entiendo nada. Miro mis manos, del mismo color crudo, aparentemente demacradas por el paso del tiempo. Pero, ¿de qué tiempo? Miro mis palmas, e incontables líneas las surcan. Grabadas firmemente sobre la carne, hundidas, como cinceladas. Mis brazos son también huesudos, tristes, con pieles sobrantes. Me inclino un poco hacia el frente, buscando con los brazos mi bajo vientre. Ausencia absoluta de genitalidad. Otra muestra de que no soy.
Ahora en pie, con los brazos aún extendidos y flexionados en la postura que uno adquiere para apreciarse las palmas puedo dedicar por completo mi atención a aquella habitación exasperante. No sé por qué, pero mirar fijamente las palmas de mis manos es la forma única que tengo de conocerme de verdad por vez primera.
Dando una vuelta sobre mí mismo, casi trastabillando por el choque de un tobillo contra el otro, pues aún no domino con elegancia mi cuerpo desnudo, veo que el diámetro del calabozo circular es de unos veinte o veintitantos cuerpos míos sucedidos uno al otro, y que yo me encuentro exactamente colocado en el centro. Doy una, dos, varias vueltas. Me invade un mareo y caigo al piso de piedra duro. Siento dolor en las zonas del impacto. Por fin una muestra de que soy. Una amarga y fugaz sonrisa se dibuja en mi rostro desconocido, fugaz porque alguna inhibición hacia váyase a saber qué congénere me avergüenza de mí mismo, de querer mostrarme como soy, de querer pensarme a mi mismo y a mí en relación  al mundo que se resumen en esta burda prisión de piedras. La sonrisa en mi rostro ya no está. Mi rostro… tengo un rostro. Desesperadamente me palpo los pómulos, recorro con suavidad y brusquedad a la vez la forma de mi nariz, la comisura de mis labios secos partidos. Avanzo a ver como ven los ciegos. Permanezco aún tirado de cualquier manera en este suelo gris, pero el dolor de la caída prácticamente es un recuerdo. Tal vez mi primer recuerdo, que no es exactamente bello pero es mío, y me aferraré a él con toda la fuerza de mi espíritu. Vuelvo a ponerme de pie, ahora más enérgicamente. La dificultad es menor esta vez. Camino decididamente hasta una de las paredes, aunque es mejor decir hacia la única pared. La contemplo de cerca, a menos de un brazo de distancia. Parece de una naturaleza similar a la del piso. Temblorosamente extiendo mis dedos sin uñas al tiempo que entrecierro los ojos. En efecto, es una superficie de piedra. Fría, y sudada, áspera, gris, triste. Abro los ojos; lentamente retiro el brazo, pero nuevamente no entiendo nada. Hay algo que escapa a mi comprensión, y es el hecho de que mi brazo no proyecte sombra alguna, ni sobre la pared, ni sobre el suelo. Mi siquiera sobre sí mismo, sobre mí mismo. Es como si el ambiente todo fuera de una luminiscencia casi imperceptible, que irradiara infinitamente hacia todas las direcciones del espacio. Recién ahora reparo en el tono blanco opaco, propio de una luz fría, que baña todo alrededor. El escenario es frío y desatado de toda muestra de sentimiento.
Nuevamente estiro el brazo hacia la piedra, cierro los ojos. Y lentamente camino la habitación en el sentido de mi brazo izquierdo, lentamente. Un pie delante del otro, y ahora este otro delante de aquel primero, para volver ahora a trasladar por segunda vez este primer pie por delante de el que fue segundo, y así incontables veces. Camino ciegamente lo que calculo deben haber sido unas cuatro vueltas al círculo infernal, como apropiándome de él, como intentado comprenderlo. Pero dejando en este rito toda muestra de rigurosidad científica, de metodismo seco y despersonalizado. Siento un leve cansancio, y mi corazón palpita más vivamente. Quiero ser.

¿Cuántos pasos son una vuelta al recinto de mi confinamiento? Tendría que contarlos. No puedo menos que conocer en todos sus detalles la estructura que me aprisiona y da vida. Abro los ojos y noto que el temor antes percibido está ahora presente, pero condicionado por mis actitudes. Esa fuerza, ese principio que me controla, que creo saber ahora es la habitación misma, me deja ser, o tal vez me estudia en igual o hasta mayor grado del que yo intento comprenderla a ella. Pero está ahí, en el aire, casi palpable, como un estupor, un tufo, un sonido, una vibración, un algo que intento interpretar con los parámetros de los que dispongo. Un algo cuyo objetivo es el control de mi persona, de mi incipiente y naciente ser (sí, soy un ser, ahora tengo esa certeza), mi pensar y sentir, mi cuestionar, mi actuar. Mi actuar, mi pensar, mi sentir. Controlar. Controlarme. Controlar mi primigenio ser. Y con mi mano sobre la áspera pared me dispongo a conocerte, miserable habitación represora. Cuento los pasos, con expresión adusta, dura, cuento veinte pasos, veintiuno. Otros muchos. Pero veo que debo interrumpir el experimento; cómo saber, en una pared sin principio ni concreción, cuál es el punto desde el que partí en mi reconocimiento, de la misma manera que cómo puedo saber cuál fue aquel bloque de piedra originario a través del cual ellos, los eternos demiurgos, dieron origen a esta estructura, a este universo cerrado a sí mismo y a mí. Y ahora algo desagradable recorre mi interior, y es que entiendo que a ellos, a la habitación, o a lo que sea que juega conmigo, le inspira risa, maldad, satisfacción, regocijo, el verme así, desorientado e inútil, es casi palpable su malicia y perversidad, sus intenciones; es palpable su deseo de controlarme, aprisionarme. Nuevamente empiezo a contar los pasos, pero prestando una gran atención a cuál es el bloque de piedra desde el que comienzo la exploración, el experimento. Cuarenta, cuarenta y uno… sesenta y uno, sesenta y dos… pero ya no puedo divisar el bloque desde el que comencé mi tarea investigativa; y nuevamente mi frustración deviene en malignidad de la habitación para conmigo. Me coloco en cuclillas y me tomo los oídos con las manos, al tiempo que cierro con fuerza los ojos y aprieto la boca conteniendo un grito, una expresión gutural. Pero ese principio que rige en el lugar no penetra en mi mente vía sentidos. Es algo ya impregnado en el ambiente, algo inherente. Noto que las lágrimas dibujan un camino lento que va desde los tristes lagrimales a la misma junta de mi temblante boca. Lloro y me siento má. Y siento a cada momento más urgente la necesidad de entender este espacio impuro y circular en el que se me ha confinado a existir. Cómo funciona, qué lo alimenta, para qué me necesita, de qué le sirvo. Las lágrimas ahora en mi boca se me hacen insaboras y desesperantes, y la impotencia invade todos los poros de mi piel horrenda. 

(Link a la parte 2)
http://raicesanegadas.blogspot.com.ar/2013/11/la-habitacion-parte-2-de-2.html

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